martes, 7 de julio de 2015

Las presentes líneas pretenden relacionar el pensamiento que Michel Foucault expone en su trabajo intitulado vigilar y castigar, el nacimiento de la prisión con el etiquetamiento de las personas que egresan de los centros penitenciarios. 
En este orden de ideas, la obra del autor señalado se encuentra forjada en cuatro grandes tópicos. A saber, en el suplicio, en el castigo, en la disciplina y, por último, en la prisión. 
Entrando en materia y derivado de los parricidios (delitos en contra del Rey) existía la pena de muerte. Un binomio exacto, para demostrar el poder del soberano, era el cuerpo y la sangre del parricida. El rey, mediante el verdugo, ejercía su poder y de esta forma demostraba que el ius puniendi, se encontraba a su plena disposición como forma de sometimiento.
En la citada obra se explica que el castigo debe realizarse de forma diferente. Lo anterior, con fundamento en lo expuesto con los pensadores franceses, toda vez que propusieron que el castigo sea más compasivo y menos sanguinario.
Otro aspecto de suma importancia, es la disciplina, mediante la normalización de todos los gestos de los cuerpos, misma que constituye dominación y tiene como característica la elegancia en su aplicación.
En la prisión pueden destacarse, las técnicas de poder carcelario, la declaración de independencia carcelaria, así como los principios de la condición penitenciaria. 
Podríamos argumentar que las palabras “ex convicto”, “ex presidiario”, “ex recluso”, “ex interno”, son suficientes para crear en el colectivo, un resentimiento de rechazo, lo que implica conductas de discriminación hacia ellos mismos. Es decir, las autoridades gubernamentales no han creado un programa que tenga como objetivo primordial que los sectores sociales admitan en sus relaciones de comunicación, personas que egresan de los centros penitenciarios
Lo anterior, evidentemente origina una comunidad homogénea de criminales que redunda generalmente en la reincidencia. Michel Foucault señaló:

La prisión, al mezclar a los condenados unos con otros que eran diferentes y estaban aislados, contribuye a crear una comunidad homogénea de criminales que se solidarizan en el encierro y continuaran siéndolo en el exterior. La prisión fabrica un verdadero ejército de enemigos interiores. [1]
Ahora bien, es menester señalar que todos los sectores sociales identifican a las personas creándoles ciertas etiquetas. Al respecto, Wiliam Payne manifestó que:

[...] las etiquetas sociales negativas facilitan la formación de grupos de personas que están marginadas del resto de la sociedad y que se agrupan para la ayuda y protección recíprocas. Tales grupos, se les denomina comunidades desviadas, subculturas o bandas, ofrecen a sus miembros soluciones colectivas para los problemas comunes.[2]
Y continúa señalando sobre el particular:

[...] mediante la creación de las categorías del bien y el mal, ocasionamos que algunas personas se vean a sí mismas como diferentes del resto de la sociedad. Una subcultura puede muy bien ser una solución atractiva al problema de la exclusión y de la diferenciación. El ser miembro en un grupo es el paso final en el surgimiento de una carrera desviada[3]
Sobre los ilegalimos carcelarios, podemos señalar que el poder es quien los construye e identifica, al momento en que le asigna a una persona diversas denominaciones como son: probable responsable, imputado, procesado, enjuiciado, acusado e interno. Al respecto, Michel Foucault expresó:
Las condiciones que se deparan a los detenidos liberados, los condenan fatalmente a la reincidencia, porque están bajo la vigilancia de la policía; porque tienen asignada o prohibida la reincidencia en determinados lugar o lugares; porque no salen de la prisión sino con un pasaporte que deben mostrar en todos los sitios a donde van y que menciona la condena que han cumplido.[4]
Expuesto lo anterior, afirmamos que la solidificación de la identidad desviada, el desarrollo de ideología negativa y el aislamiento constituyen consecuencias del etiquetamiento. Para comprender lo anterior, argumentamos que derivado de aquellos ilegalismos carcelarios, el mismo poder construye a los delincuentes, ya que en el aparato represor llamado penitenciaria, existen únicamente condiciones que permiten reproducir el sistema, sólo existen cuerpos dóciles que esperan ser normalizados, disciplinados. Logrando tales fines mediante una política criminal en materia penitenciaria.
Es menester que para alcanzar lo anterior, el poder – dominación cuenta con diversas estrategias o técnicas. Entre ellas, podemos hacer notar el arte de las distribuciones para disciplinar.
La disciplina exige a veces la clausura, un lugar cerrado que es común a todos, lugar que han habitado los vagabundos e indigentes. Para ello se cuentan con las prisiones, en donde al ingresar a ella, los individuos sufrimos lo que se ha llamado la prisionalización. Es decir, se adoptan conductas que son propias de los centros totalizadores.
Sin embargo, en dichos centros debe existir una división por zonas y no por el grado de culpabilidad de los internos. La disciplina consiste en constituir espacios ordenados para que los sujetos compurgen sus penas.
Asimismo, dentro de esta clausura se definen lugares mismos que responden a las necesidades de observación, lo que genera un rompimiento de las comunicaciones peligrosas, además de crear un espacio útil. Se pretende distribuir a los individuos en un espacio en el que sea posible aislarlos  y localizarlos. En este sentido, nuestro país ha creado los centros de máxima seguridad y una penitenciaria modelo en el estado de México.
Los mismos sujetos que son etiquetados por los sectores sociales, crean dentro de la subcultura criminal posiciones jerárquicas que son reverenciadas dentro de la misma subcultura. Al respecto, Foucault señaló que:
En la disciplina, los elementos son intercambiables puesto que cada uno se define por el lugar que ocupa en una serie y por la distancia que los separa de otros. El lugar no es ni el territorio (unidad de dominación), ni el lugar (unidad de residencia), sino el rango: el lugar que se ocupa en una clasificación.[5]
En suma, en la disciplina se emplea el arte de las distribuciones, para lograr a cabo lo anterior, se vale del principio de clausura, el principio de división de zonas, el principio de emplazamiento funcional y el principio de intercambio.
Derivado del espacio reducido me permito realizar la siguientes conclusiones.
El estado crea delincuentes, los cuales se autoetiquetan de forma negativa.
Asimismo, el poder va disciplinando a los individuos en el momento que les crea centros especializados para su internamiento.
El poder utiliza diversos principios con la finalidad de disciplinar a los internos.
En consecuencia, los sectores sociales etiquetan negativamente a quienes egresan de los centros penitenciarios en el estado de México.
Sin embargo, en México se desconocen las categorías de etiquetamiento de las personas que egresan de los centros penitenciarios, lo cual, puede constituir un campo virgen para posteriores investigaciones.



[1] FOUCAULT, Michel. La vida de los hombres infames. Madrid. La piqueta. 1990. p 50.
[2] PAYNE, Wiliam. Etiquetas negativas, pasadizos y prisiones. en ÀLVAREZ GÒMEZ, Ana Josefina, SÁNCHEZ SANDOVAL, Augusto. Criminología, antología. 2ª ed. Naucalpan (Edo. Mex.). ENEP Acatlán (UNAM). 2003.p 379.
[3] Ídem.
[4] FOUCAULT, Michel. Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión. 2ª ed. México. Siglo XXI editores. 2009. P 311
[5] Ibídem p 169

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